Por:Horacio Duque.

Las relaciones del gobierno del Presidente Iván Duque con el Estado venezolana y su actual Jefe Nicolás Maduro transitan por un complicado y difícil momento.

El próximo 10 de enero Maduro asume un nuevo periodo como Presidente de la Republica el cual se extenderá hasta el año 2025.

Duque ha expresado por todos los medios y en consonancia con Washington, Almagro el de la OEA y algunos gobiernos de la región aglutinados en el grupo de Lima, que no reconocen a Maduro ni su mandato alcanzado en elecciones realizadas recientemente, por considerar su régimen una dictadura en los términos en que lo señalan los grupos de la oposición caraqueña.

La Casa de Nariño y su representación diplomático han afinado una estrategia injerencista orientada a promover un colapso del gobierno vecino que a todas luces constituye una abierta intromisión que afecta la soberanía de la hermana nación.

 

Muy reputadas voces, como la del ex Canciller Julio Londoño Paredes, experto en asuntos diplomáticos, han llamado la atención sobre los inconvenientes y perjuicios que tal política genera.

No tenemos más alternativa que acudir a las herramientas de la diplomacia y el buen trato para superar todas las controversias y diferencias con nuestro vecino, con el cual compartimos una extensa y compleja frontera de 2219 kilómetros. Ese es nuestro vecino, no Suecia o Noruega, y con él mismo debemos entendernos sin ínfulas prepotentes o de simple marioneta de un imperio desconfigurado en la geopolítica global como lo ha puesto de manifiesto el retiro de las tropas gringas en Siria.

Plantearse la tarea de cambiar el actual sistema de gobierno de Venezuela es un desatino descomunal.

Una adecuada convivencia y relación de respeto con Venezuela y el Presidente Maduro debe permitir atender problemas tan complicados  como el de la delincuencia en la frontera, el de los intercambios económicos, hoy colapsados, y la abultada migración de venezolanos hacia nuestro territorio, como en el pasado ocurrió de manera inversa cuando millones de colombianos se desplazaron hacia el vecino pais en busca de trabajo y mejores condiciones de vida. Más de seis millones de compatriotas han vivido allí por décadas sin que tal fenómeno diera origen a guerras o conflictos destructores entre las dos naciones hermanas.

Explicable que aflore mucha desazón entre los líderes colombianos y que broten manifestaciones de  xenofobia entre algunos segmentos de la población pero resulta torpe e incendiario alimentar esas tendencias negativas.

Lo que procede es la diplomacia, la concordia y la paz. Para ello lo aconsejable es entender el momento de dificultad económica y social que afecta a nuestros vecinos como consecuencia de las arbitrarias sanciones económicas y financieras tomadas desde el gobierno Norteamericano, empeñado en destruir su adversario en la región para recuperar el control de la inmensa riqueza petrolera, minera y ambiental de Venezuela.

Con la patria de Bolívar nos unen profundos lazos históricos, civilizatorios y geopolíticos que es necio desconocer. Lo demás es pura demagogia de oportunistas  y mercenarios en plan de negocios con la guerra.

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