Por: Rafael Ballén

Es evidente que las élites que han gobernado durante doscientos años están agotadas y asustadas. Son una minoría ínfima, que en la cúpula concentra todos los poderes: los círculos del capital, la alta burocracia estatal y las estructuras políticas anacrónicas, los medios de comunicación, la fuerza pública y las milicias paramilitares, los aparatos académicos y las estructuras religiosas. A pesar de eso, están demasiado raquíticas. Se sostienen gracias a unos sistemas de corrupción poderosos y cínicos: nunca han sido limpios ni el régimen electoral ni la contratación estatal. Pero ahora se descararon.

¡La Fiscalía es el negocio, socio! Debieron de decir y decidir las élites corruptas, para escoger al poderoso burócrata que las proteja a todos. Sin la impunidad a salvo, es imposible que se garanticen a sí mismas un cuatrienio más. El culillo les aumenta por múltiples variables reales: 8.034.189 ciudadanos en su contra, es mucha gente; la baja popularidad de Duque, y los movimientos estudiantiles y laborales en ascenso.


Por eso, recurren a la estrategia de Laureano Gómez: matar la culebra por la cabeza. Borrar de un plumazo dos peligros a la vez: quitar del camino al hombre que les metió el susto, con las plazas y las urnas llenas, y de paso ocultar toda la cadena de corrupción. Proteger al protector de los corruptos.

El laureanismo también era minoría frente a los liberales: por eso tenía que matarlos moral y físicamente. Exactamente con los mismos instrumentos que todas las élites utilizan hoy contra Petro: “Vayan, vayan —les decía Laureano a los cronistas de El Siglo—. Averigüen en los prostíbulos, en los bares, en los hoteles. Alguno de los ministros y de los prohombres del partido liberal, habrá dormido con las putas o tendrá queridas ocultas. Si consiguen fotos, cuánto mejor. Si publicamos todo, los dejamos sin autoridad moral y el régimen caerá como un castillo de naipes”.

La estrategia de Laureano no se quedaba en la búsqueda de chismes en los prostíbulos, había que matar por anticipado: “Sobre esos criminales ha de ejercerse el derecho de defensa con la anticipación debida para frustrar sus planes […]. Seguro que ya lo han planeado y si no lo han planeado ya habrán pensado en planearlo. Y, si no lo han pensado en breve plazo lo pensarán. Por eso, lo mejor es atacar antes de que sea tarde”.

No es extraño que sigan apareciendo videos inocuos, frente a la corrupción: un disfraz de bruja, un 31 de octubre; una orinada al lado de la estatua de Bolívar; una borrachera, tirando en un andén; la arrojada de una colilla de cigarrillo frente a una gasolinera. Si Petro recuerda, o sospecha escenas así, sería bueno que él mismo las destapara, para que sus seguidores y simpatizantes no se sorprendan, en otro debate electoral o de control político.

Esa es la misión del Fiscal, para eso está ahí: buscar videos, hacer montajes para desaparecer física y moralmente a los presuntos enemigos del régimen, al tiempo que oculta los grandes crímenes. ¿Qué ha hecho el Fiscal con los crímenes de los poderosos? Ocultarlos, engavetarlos hasta que prescriban. ¿Qué ha pasado con los procesos de Álvaro Uribe, su hermano y sus hijos? ¿En que va la violación de Claudia Morales? ¿Y el asesinato de los 12 testigos en los procesos de Álvaro Uribe y su hermano? ¿Dónde están los autores intelectuales de los asesinatos perpetrados contra más de 200 líderes sociales durante los últimos dos años? El Fiscal no encuentra nada de eso. Sólo pruebas contra Santrich y los supuestos testaferros de las Farc.

Y, tiene el cinismo de decir que hay un complot en su contra, y señala y amenaza. Va al Senado como Fiscal, pero el cargo lo deja ahí nomás, en la puerta del recinto. Entra al salón como cualquier infeliz ciudadano. Eso sí, el séquito de “mis fiscales” que deja en la puerta, le van pasando todas las pruebas recaudadas en contra de sus víctimas.

En todos estos episodios únicamente ha habido una demostración de alta dramaturgia, que sólo Shakespeare, sería capaz de componer y poner en escena, porque son todas las piezas de teatro a la vez. La pantomima: sin palabras: los subalternos del Fiscal le alcanzan documentos. Farsa: toda la ironía y el sarcasmo del Fiscal, para referirse a quienes convocaron el debate. Tragedia: con imágenes sombrías, oscuras, como el propio video. Por supuesto, con muertos reales y simbólicos. Reales: ya habían caído los Pizano. Los simbólicos, ahí caían: Petro, Robledo, los convocantes del debate y toda la izquierda. Comedia: claro, no podía faltar. De eso se trataba. Pura fiesta y humor. Desenlace feliz: el Fiscal y sus ayudantes salían riendo. El presidente del Senado levantaba la sesión. Fin de la fiesta del Fiscal.

Pero claro, faltaba la obra más grande de teatro: un Fiscal ad hoc. ¡Venga esa mano, mi hermano!, le dirá Néstor Humberto Martínez a Leonardo Espinosa Quintero. Siéntate aquí y haz lo que yo te diga que hagas. Así como yo hice lo que tú me mandaste que hiciera cuando me diste poder a nombre de la Universidad Sergio Arboleda. Ahora es la mano vuelta. Y, ¿qué va a pasar? Absolutamente nada. Nadie de los patronos de NHM, ni de los socios de sus patrones será acusado.

Sin embargo, dos grandes lecciones dejan todos estos episodios tristes, lúgubres y sombríos, pero risibles a la vez. La primera, es para ellos. Están muy equivocados, el Fiscal y todos sus protegidos con la impunidad. Con su erudición de dramaturgia no van a espantar a la inmensa mayoría de la población colombiana, que los está viendo completamente desnudos en la mitad de la plaza. Esos millones de espectadores, se preparan para nuevas jornadas de protesta y de acciones democráticas.

La segunda lección es para la izquierda, los estudiantes, la clase trabajadora y los movimientos sociales. Parece estar insinuada en la parte final del video de los 40 minutos de Petro para explicar la escena sombría de los 20 millones de pesos: “Si desaparezco política o físicamente, continúen”. Si la izquierda y el centro no ponen la cabeza en su sitio y se sientan a hablar seriamente, de unas reglas de juego viables para la praxis política, seguiremos viendo esas enormes piezas de teatro por otros doscientos años. Algo más: si en 2018, dos sectores de la izquierda no se hubieran ido con el establecimiento (Fajardo y De la Calle), hoy no tendríamos el tercer mandato de Uribe en cabeza de un títere, sino el primer gobierno alternativo en el país más conservador y ultramontano de América.

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