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Todos los gobiernos mienten. Esa inclinación a la mentira, a la hipocresía, al engaño, no es nueva. Es de la esencia del poder y de la praxis política. Por supuesto, no la descubrí yo. Hace dos mil trescientos ochenta años Platón estructuró el tema apoyándose en las ideas de muchos presocráticos, entre ellos Hesíodo, para quien el poder hace mentir a los hombres —y a las mujeres agrego yo. Por aquellas calendas gobernaban más hombres que mujeres—. “El hombre”, decía el pensador del Valle de Beocia, “es uno sin poder y otro con poder”.

En Colombia, desde cuando yo tengo conocimiento he visto y oído a sus presidentes mentir. El primer presidente del que tengo memoria, es Guillermo León Valencia, abuelo de la senadora Paloma Valencia. Él fue un buen cazador de patos, de campesinos y de comunistas, y claro, un gran mentiroso. Cómo sería de mentiroso que pretendió alagar al presidente francés Charles de Gaulle, gritando: “¡Viva España!” Y, todos los que mandaron después de Valencia fueron y son mentirosos. Si no lo fueran, no habrían sido presidentes.

Sin embargo, Iván Duque superó la marca entre los presidentes mentirosos, porque él es compulsivo. La compulsión, dice el Drae es la “inclinación, pasión vehemente y contumaz por algo o alguien”. Es también el “apremio que se hace a una persona por parte de un juez o de una autoridad compeliéndola a realizar algo o a soportar una decisión o una situación ajenas”. El presidente Duque clasifica en las dos acepciones del vocablo de nuestra lengua castellana, porque siente una pasión incontrolable de mentir. Y, como autoridad compele a las masas colombianas a que acepten sus decisiones.

Lo más agresivo de sus mentiras compulsivas, es que sin darse cuenta —o quizás demasiado consciente— ultraja, violenta, desprecia y pisotea la inteligencia media de los colombianos. Sus impulsos irresistibles a la mentira le hacen pensar —ese es el mensaje que transmite— que los colombianos, excepto su mentor y sus ministros —que han aprendido muy bien la lección— somos una manada de imbéciles que no nos alcanzamos a dar cuenta de su narrativa hipócrita.

Los colombianos estamos molestos, inconformes, indignados por muchas acciones y silencios del presidente Duque: por incumplir los acuerdos de paz, por quitarle a los pobres y clases medias para darle a los ricos, por no desmarcarse de Uribe, por no tener carácter y gobernar con su propia cabeza e ideales. Pero lo que en verdad nos irrita hasta desfondar las cacerolas, es que nos crea tarados.

Son tantas y tan de grueso calibre las mentiras con las que Duque ofende y humilla a los colombianos —hombres y mujeres—, que uno no sabe por donde comenzar a recordarlas. Hay una que se le ha convertido en un estribillo, desde la época de campaña, y que repite a diario por el mundo entero: “Paz con legalidad”. De ahí que perdió todo un semestre de sus cuatro años de gobierno, haciendo hasta lo imposible por desmontar la Justicia Especial de Paz (JEP), porque sabía que tocarle una vértebra a esa institución era destruir por completo el proceso de paz.

“Paz con legalidad” es la mentira con la que Duque pretende hacerle creer a Colombia y al mundo, que es amigo de la paz, pero que la que Santos firmó, quebranta la ley. Su impulso irresistible a mentir, lo hace pensar que el mundo y el país le creen que nuestra paz es ilegal. Pero él sabe, como lo saben el país y el mundo, que esa paz no solo es legal, sino constitucional, porque su texto hace parte del estatuto superior.

“Ley de financiamiento” fue la mentira con la Duque quiso convencer a los colombianos que él no promovía una reforma tributaria para quitarle a los pobres y darle a los ricos. Pero como la tal “ley de financiamiento” se le cayó en la Corte Constitucional, le metió finura a su inteligencia para evitar que nos diéramos cuenta de su insistencia impositiva, y entonces, en un segundo intento la llama “ley de crecimiento”, que naturalmente es el crecimiento de los bolsillos de los que más tienen a costa de los asalariados y de las clases medias.

“¿De qué me hablas viejo?”, es la mentira compulsiva, que le gritó Duque a un periodista, cuando este le preguntó por el bombardeo en que murieron 18 menores. La mentira es tan insolente y grosera, que le dijo al periodista: “¡No seas tan imbécil! ¡Date cuenta en qué país vives!” Y, claro, el mensaje por intermedio de ese periodista iba dirigido a todos los colombianos preocupados por los crímenes perpetrados por el ejército que está bajo su mando.

“Conversación nacional”, es la más reciente e ingeniosa mentira del presidente Duque para desconocer la realidad del paro, que los más diversos sectores sociales iniciaron el 21 de noviembre del año que expira en estas horas, mientras la protesta no se detiene. Con la violenta respuesta el presidente pretendía decirle a los voceros de paro: “Miren señores, ustedes no representan a nadie. Construyendo país es la fuerza real de las regiones. Con esa fuerzas me reúno yo”. Solo después del redoblar de las cacerolas y de que muchos medios masivos y alternativos le hicieron ver que iba sin rumbo, nombró a dos funcionarios de muy segundo nivel para conversar —que no negociar, “porque el Estado no se negocia”, dice uno de ellos— con los líderes del paro.

Temas quedan para mil y una notas, mientras Duque sea un mentiroso compulsivo.

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